Crisis en el Real Madrid: Fe en Zidane; calma en el palco

La resaca del derbi fue afrontada en el Santiago Bernabéu con más resignación que pulso revolucionario. El margen de actuación en estos momentos es muy escaso. Una vez pegado el volantazo en el banquillo, con el despido de Rafa Benítez a principios de año, no le queda otra al Real Madrid que confiar en la mano izquierda (o derecha) de Zinedine Zidane, obligado a exprimir su capacidad de seducción, leyenda y joven libreto futbolístico para armar de urgencia un bloque competitivo. La pésima imagen dada en los dos grandes duelos de la Liga, ante el Barcelona en noviembre, y el sábado pasado ante el Atlético, son arañazos profundos para un bloque tan cargado de figuras como el blanco.

En el club se escruta a los jugadores, se entiende el enfado de los aficionados y se vuelca toda la ilusión en Zidane. Espera la directiva que el francés pueda recomponer el equipo de cara a los dos retos que quedan por delante: terminar segundos en la Liga e intentar ganar la Champions. Una primera misión de orgullo capitalino (ir por detrás del vecino escuece especialmente al palco) y otra con aspecto de reto gigantesco, atendiendo al nivel que los blancos están demostrando en el campo esta temporada.

El sábado al finalizar el partido, Florentino Pérez acudió al vestuario a saludar a su entrenador. Le encontró dolido por la derrota pero convencido de sus planes. Ni su inexperiencia ni la fragilidad exhibida por el equipo asustan al técnico, convencido de que encontrará la llave muy pronto, cuando recupere lesionados y reavive el brote anímico que su llegada al banquillo destapó. El traspiés liguero en Málaga desinfló al Madrid en la persecución tras el Barcelona, una decepción que el sábado pudo apreciarse en algunos jugadores, lejos su actitud de la necesaria para tumbar a un rival tan incómodo como el Atlético. Creen en el club que ese despiste de atención virará a entusiasmo en la Champions, competición que se mira ahora desde Chamartín como lujosa barca de salvación a una temporada tormentosa desde finales de agosto.

Pero el sueño europeo no es una invitación a desconectar en la Liga, por la exigencia económica que supone la clasificación directa para la Champions -finalizar entre los tres primeros-. El Villarreal, cuarto, se situó a tan sólo dos puntos de los blancos, con 12 jornadas aún por delante. El progreso del equipo, con Champions ganada o sin ella, será imprescindible para que Zidane pueda continuar la próxima temporada lo más reforzado posible. «Él debe liderar el proyecto. Es un activo del club y tiene que continuar», decían desde el Bernabéu, donde nadie ha comenzado (aún) a pensar en otro entrenador para la siguiente campaña. El nombre de Zidane se sigue invocando como solución deportiva a corto y medio plazo. Hay fe casi ciega en él.

Estabilidad en el banquillo y calma en el palco, donde Florentino Pérez acepta con resignación los pitos de parte de la hinchada, reactivados durante la derrota el sábado ante la tropa de Simeone. Ahora que se cumplen 10 años de su primera salida del club, dimisión mediante, nadie a su alrededor descubre signos de agotamiento. Al contrario, pretende cumplir la presente legislatura, salvo descontrolado incendio social, y dirigir el próximo verano las reformas que sean necesarias para mejorar la plantilla.

Por el momento, nadie se plantea en el club un adelanto electoral, prevista la cita para junio de 2017. Los movimientos de algún empresario con avales y antigüedad necesaria para aspirar a la presidencia son todavía demasiado tiernos como para tomarlos realmente en serio.

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