marzo 01, 2024

¿Está acabado Rafa Nadal? “Nadie gana eternamente”

Miro a Rafael Nadal y no sé quién es. Sí, claro, sus gestos son los de siempre, porque sigue ahí ese español nasal con reminiscencias del cerrado catalán-manacorí que habla en casa. Parece él, porque su ceja sigue subiendo y bajando en ángulos inhumanos y porque los latiguillos -«evidentemente», «no te voy a mentir», «¿y tú qué piensas?»- son como aquel desodorante: no lo abandonan.

Pero no, ése que veo no es Rafael Nadal. Si antes su fe le servía para ganar partidos, ahora le sirve para consolarse tras derrotas impropias de él. Para engañarse acerca de lo que le está sucediendo.

Es una tarde de un sábado de febrero en Buenos Aires. Verano. La noche anterior, el cielo se cayó sobre la capital argentina con una tormenta eléctrica tan apocalíptica como la pregunta que una y otra vez me hacen los que saben que he seguido en persona a Nadal por todo el planeta durante más de una década y que hasta escribí un libro sobre su rivalidad y la de Roger Federer. Creen -les agradezco la confianza- que tengo respuesta para todo cuando el tema es Nadal.

«¿Está acabado Rafa?».

Le dicen «Rafa» incluso aquellos que no lo vieron más que en televisión, tan familiar y propio se les fue haciendo ese zurdo que juega al tenis como nunca nadie jugó antes y muy probablemente nunca nadie vuelva a jugar.

¿Está acabado? Yo también me lo vengo preguntando desde hace un tiempo.

En ese sábado porteño húmedo y agobiante -«un día va a ocurrir una tragedia», había dicho el día anterior un Nadal rojo como un tomate por el calor cercano a los 40 grados-, el que quizás sea el mejor deportista español de todos los tiempos se convirtió en fotocopia de sí mismo. Y a la impresora le faltaba toner.

Venía de tener un match point a favor ante el austríaco Dominic Thiem, un jugador de talento y proyección, pero no más que eso aún. El match point llegó con Thiem sacando 5-4 en el tercer set de las semifinales del Argentina Open, y así como llegó, se fue. Cosas que pasan, el que sirve siempre tiene más posibilidades de salvar una pelota de partido que de perderla. Normal.

Lo que no es normal es la forma en que Nadal perdió aquel 6-4, 4-6 y 7-6 (7-4) ante el más joven de los 20 mejores del mundo. Cuando llegó el tie break del tercer set, ese momento en el que la experiencia se hace valer, esos minutos en los que los años y años de tenis, los cientos y cientos de triunfos pesan tanto, Rafael Nadal se retrató con crudeza: doble falta en el primer punto.

Cualquiera comete una doble falta, aunque no todas tienen el mismo peso. Dependiendo del momento en el que se falle al apuntar hacia el rectángulo, errar dos saques consecutivos es anécdota o categoría. En los primeros compases de 2016, las dobles faltas y los tie break han marcado a Nadal, que perdió los dos desempates en su asombrosa derrota ante Fernando Verdasco en la primera ronda del Abierto de Australia, un partido en el que también hubo dobles faltas en instantes clave. Fue también un tie break el que precipitó su derrota en las semifinales de Río de Janeiro ante un jugador, el uruguayo Pablo Cuevas, que hasta hace poco difícilmente lo inquietara.

Ya no hay duda: camino a celebrar los 30 años de vida -más de dos tercios los pasó compitiendo-, Nadal está sintiendo la presión. Tiene miedo, un miedo saludable, humano, de no poder volver a ser el que fue. Ese miedo le agarrota el brazo en momentos clave, se incrusta en su mente cuando la presión por ganar el punto sube y le carga las piernas hasta anular una fortaleza histórica de su juego: la agilidad.

Y eso que él entra en la categoría de los especiales. Nadal está convencido de que para ganar mucho hay que nacer con ese «algo especial».

«Messi», ejemplifica, sabiendo a qué audiencia se dirige. «Maradona», añade, rindiendo a sus pies a la audiencia argentina. «Ninguno de ellos se hizo sólo trabajando. Para ganar mucho debes ser alguien especial, alguien que se distinga de los demás».

Ganar. Palabra clave. Mientras este año se cumple una década desde el último título mundial de Fernando Alonso en la Fórmula 1, el balance de Nadal es diferente. No puede sentirse mal con lo hecho. Fue, entre muchos otros logros, el mejor del mundo en 2008, en 2010 y en 2013. Si en los inicios de su carrera, Nadal era fanático de Alonso y seguía sus carreras estuviera donde estuviera y fuese la hora que fuese, con los años se fue distanciando del asturiano, que nunca mostró excesivo interés en acercarse al mallorquín. Más allá de afinidades personales o no, la distancia entre ambos terminó siendo abismal: uno culpó de sus fracasos sucesivamente a Renault, McLaren, Ferrari y McLaren, además de varios compañeros de equipos. El otro pocas veces busca excusas: «El gran artífice de los éxitos y de los malos momentos es el jugador».

Llegó muy lejos, claramente más de lo que él y los suyos esperaban, aunque en esas tardes de calor insoportable en Buenos Aires, Nadal dejara una frase que dice mucho viniendo de él: «Nadie gana eternamente».

Nadie. Pero lo que llama la atención en Nadal no es que no gane. Lo que asombra es que su juego se está deshilachando. A lo largo de la historia, muchos jugadores se fueron diluyendo sin dejar de ser quiénes eran. Nadal, en cambio, se va difuminando siendo cada vez menos Nadal. Sigue siéndolo cuando hay que jugarse la heroica, resistir y recuperar un punto imposible, pero deja de serlo a la hora de rematar situaciones en ventaja.

Perdido por perdido, Nadal saca conejos de su notable galera. Pero no le pidan regularidad, consistencia, eso que siempre tuvo y hoy no. Todo está extraviado en el laberinto de sus emociones. Cuando debe demostrar quién es, más de una vez falla como un principiante. Curioso, porque en su descomunal carrera prácticamente nunca lo fue. El Nadal de 16, 17 y 18 años que irrumpió asombrando al circuito era un joven que combinaba la mentalidad de marine con la confianza de un dios griego. Él era siempre el jefe. Dejar de serlo lo desorienta.

El Abierto de Argentina no es -«evidentemente», diría Nadal- uno de los torneos punteros del circuito. Es, más bien, un certamen chico, aunque repleto de pasión y espectadores. Por eso, y por otras razones, poner el foco en Buenos Aires para explicar el momento de Nadal tiene bastante sentido. Por ese torneo del verano argentino pasaron casi todos los Nadales, salvo el más arrasador.

El Nadal de febrero de 2005, 18 años de incontrolable adrenalina que se toparon con el más argentino de los argentinos, Gastón Gaudio, co-protagonista conGuillermo Coria de un partido que le pondría los dientes largos a cualquier psicoanalista: la final de Roland Garros 2004.

En aquellos cuartos de final de Buenos Aires, Gaudio derrotó al joven Nadal por 0-6, 6-0 y 6-1, un resultado que explica bastantes cosas. Lo que no cuentan esos números es que en aquella noche de viernes porteño los mosquitos se habían hecho un festín con los 5.000 pares de piernas y brazos en los bosques de Palermo; lo que tampoco puede inferirse de esas cifras es por qué Nadal, al regresar a Manacor, dijo que no le apetecía mucho volver a jugar en Argentina.

«No se sintió cómodo», explicó Toni Pastor, por esos años alcalde del pueblo de Nadal. Los argentinos, que a diferencia de los españoles siguen masivamente el tenis desde hace décadas, tengan o no una estrella, habían vuelto loco al joven y por entonces aún ingenuo visitante. En 10 minutos de partido, Nadal escuchó más ironías, chicanas y pullas que en toda su vida. Y el partido duró bastante más que 10 minutos.

Una década más tarde, Rafa Nadal regresó a Buenos Aires con una etiqueta clara e indiscutible, la de ser uno de los jugadores más grandes de todos los tiempos. Ganó aquel torneo de 2015, una tirita en su autoestima después de caer sin atenuantes ante el checo Tomas Berdych en Australia. Sin atenuantes y lesionado, aunque jamás admitió que lo estuviera.

Un año después, tras la debacle en cinco sets con Verdasco, Nadal volvió a Argentina. Venía del peor año de su carrera, el primero desde su irrupción en lo más alto que cerró sin ganar un título de Grand Slam.

Llegó a Buenos Aires buscando otro esparadrapo emocional; partidos, victorias y un título que le ayudaran a recordar quién fue y le permitieran seguir creyendo que aún es.

La capital argentina es un buen lugar para buscar esas sensaciones. Cada vez que Nadal pisa Buenos Aires, los estadios se colapsan. Gente de pie, gente ocupando los pasillos, gente sentada sobre las rodillas de otros. Nadal es una cita de honor para el deporte argentino, y quizás por eso el mallorquín recibe con una sonrisa y amabilidad hasta las preguntas más insólitas

-¿Te interesaría probarte como maquillador gay?

La chica lleva micrófono, lo que no significa que sea periodista, o que esa tarde pretenda actuar como tal. Trabaja en un programa de televisión que incluye aJuan Ignacio Chela, un ex tenista argentino, como presentador. Sí, sucede en Argentina: allí, muchos ex tenistas se reconvierten en presentadores de televisión o comentaristas radiales de los más diversos aspectos de la vida.

Nadal los conoce bien, por eso sabe cómo contestar.

-Hombre… Conocía la faceta de Juan de viajar con una cámara. Lo que no sabía era la faceta de maquillador gay. De momento (yo) no…

Además de sortear preguntas insólitas, en esos días argentinos le dolíó «la barriga», algo que le sucede con cierta frecuencia. «Tomé lo que me dio el doctor, pero no sé muy bien qué tomé», explicó con sinceridad casi adolescente el Nadal que buscaba un título y volver a recordar quién fue.

No sólo se fue sin ninguna de las dos cosas, sino que se llevó además el recuerdo de Toni Nadal, su tío-entrenador, protagonizando uno de sus periódicos ataque de sinceridad. Llamativo ataque, podría agregarse, aunque tratándose de él, lo de llamativo sobra: si desde siempre alguien contraprogramó y fue por libre en todo el esquema comunicacional y de relaciones públicas de los Nadal, ése es Toni.

Rodeado por cientos de argentinos ya entrada la noche porteña, el entrenador delnueve veces campeón de Roland Garros dio una charla tan abierta como espontánea. La pregunta lanzada desde el público fue si su sobrino no debería cambiar de entrenador para relanzar su carrera. Toni no eludió el tema, aunque, visto lo que dijo, quizás hacerlo era más sabio: «He tenido la suerte de ser su tío, con lo que le ha costado mucho más cambiar de entrenador. Esto ha sido para mí más fácil, porque si no hubiera sido su tío probablemente ya me habría sustituido».

También añadió que a su sobrino «toda la vida le ha gustado mucho más el fútbol que el tenis» -cierto- y confesó que le habría gustado que la mítica derecha de devastador top spin de Nadal no existiera. Querría verlo pegar como Federer: «A mí me hubiera encantado toda la vida verle pegar el drive por delante, que es como lo practicamos toda la vida de pequeño».

Si ese drive se convirtió en base del juego de Nadal, fue porque el propio jugador lo decidió siguiendo una máxima que marcó su carrera: esto no se trata de jugar bonito, se trata de ganar.

Más allá de haberlo hecho jugar como zurdo pese a ser diestro -«a lo mejor si hubiera jugado con la derecha habría sido mejor, yo no lo sé», confesó alguna vez Toni Nadal, el foco del tío más famoso de la última década en España fue otro.

«La voluntad se enseña igual que un drive. Yo creo que en la vida lo principal es el dominio de la voluntad (…) he sido un entrenador más preocupado de la cuestión del carácter que de la cuestión técnica».

Si hoy es el carácter lo que le está fallando a Nadal -el virus de la duda anida en su tenis ahora-, y el propio entrenador admite que en condiciones normales habría sido sustituido… ¿cómo sigue la historia?

Sólo los Nadal saben eso, aunque sí hay datos de cómo empezó a gestarse el Nadal dubitativo. Si durante años la mente se impuso a un cuerpo que cada temporada le regalaba una lesión grave, desde 2014 esa mente claudicó, se agotó, se rindió ante el desgaste de tanta lucha interna.

La fecha clave es el 26 de enero de 2014, el día de la final del Abierto de Australia ante el suizo Stanislas Wawrinka. Aquella noche en Melbourne es inolvidable, porque Nadal tenía al alcance de la mano ganar su por entonces decimocuarto título de Grand Slam. Sí, al alcance de la mano, aunque afirmar eso suene temerario: 12 veces había jugado el suizo con el español, con 12 derrotas y ni siquiera un set ganado.

Hay que volver siempre a ese partido para entender el Nadal de hoy. En esa final de Australia sufrió como nunca al comprobar que un extraño bloqueo de espalda le impedía jugar. Tan superior era el Nadal de entonces que sin poder rotar al impactar la pelota y sacando con la potencia y colocación de un jugador de los sábados en el club, se las arregló para ganarle el tercer set a un Wawrinka doblemente aterrorizado: miedo a ganarle a Nadal y miedo a perder un partido que no podía perder.

Un rato antes, Nadal se había ido al vestuario en desventaja de 6-2 y 2-1 para ser atendido. Al volver, algo inusual sucedió: serio, muy serio, y con el torso desnudo, reingresó al Rod Laver Arena para recibir la silbatina de buena parte del público. No les gustaba lo que veían.

A Nadal no le gustaba lo que estaba pasando. Aquel 2014 fue muy duro en lo mental para él: nunca se perdonó haber perdido aquella final. Ganó cinco meses después su noveno Roland Garros y décimo cuarto grande apelando a las reservas, la historia, el aura, el nombre, pero en la segunda parte del año su cuerpo colapsaría: un llamativo principio de apendicitis que no le impidió jugar en China y luego un tratamiento con células madre para esa espalda que se le bloqueó ante Wawrinka. La espalda que le impidió cerrar el año con 15 grand slams en las alforjas, defender el número uno que había recuperado espectacularmente en 2013 tras siete meses sin jugar por lesión y quién sabe si impedir el inicio de la era Djokovic que vive el tenis hoy.

Así llegó Nadal a 2015, con aquel partido con Wawrinka martirizándolo con frecuencia. Gran inicio con el título en Doha y derrota ante Berdych en los cuartos de final de Australia. Lesionado, sí, pero se negó a admitirlo y prohibió a todo su equipo que mencionara el tema. Dos semanas después Buenos Aires lo trató como no lo había hecho en 2005, porque se llevó el título con autoridad y cierta comodidad: cuatro victorias ante jugadores fuera de los 50 primeros del mundo.

Pero Nadal sabía que se hacía trampas al solitario. Algo no estaba bien. Ya se había estado quejando del asunto días antes en Río de Janeiro.

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«Hostia, tío, no sé qué me sucede. Me caigo físicamente, no aguanto, tengo bajones». El comentario era recurrente cada vez que se subía a la mini-van tras sus partidos en el torneo carioca. El desborde tropical del Jockey Club de Gavea, con su campo de golf aprisionado entre los morros y el mar, fue testigo de un Nadal que comenzó a hacer cosas impensables en él. Entre ellas, perder partidos ganados ante uno de los jugadores más talentosos e inconsistentes del circuito, el italiano Fabio Fognini.

Fue el inicio del año que lo vio penar en los Grand Slam, perder partidos imposibles y cerrar la temporada como número cinco del mundo. Quinto del ranking mundial: un sueño para el 99,99 por ciento de los tenistas nacidos y por nacer, pero una pesadilla en el contexto de lo que fue Nadal.

Lo que fue Nadal. ¿O lo que es? Porque vuelve la pregunta. ¿Está acabado?

Si sigue jugando es porque el propio Nadal cree que no. Tiene una historia formidable que lo respalda. Siempre que el cuerpo falló, volvió. El problema es que esa historia es hoy diferente. Su lesión es, si se quiere, espiritual. Se le diluyó esa memoria ganadora que lo impulsaba y hacía salir con ventaja en cada partido. Está en los libros y en stand-by. Podría recuperarla. O no. Llegar a la final del 5 de junio en París y sumar su décimo Roland Garros aparece como la única forma de curar esa herida emocional que está demoliendo su tenis. ¿Y si no llega?

Si no llega, si el 3 de junio celebra sus 30 en Mallorca en vez de en París como se había acostumbrado a hacer, la pregunta crecerá en intensidad, la escuchará una y otra vez. ¿Está acabado Nadal? Ni siquiera él lo sabe. Aunque antes de caer en Buenos Aires dejó un comentario: «La frase de ‘a ganar se aprende ganando’ es bastante correcta».

Lo es. Y Nadal se está olvidando de ganar.

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